Quiero compartir con todos vosotros, en este momento tan triste en mi vida, esta poesía de una niña tan querida para mí. Ha sido capaz de, en tan poco tiempo, percibir todos los sentimientos que han aflorado en estos días en mi alma.
Gracias, Ana, por estar ahí.
El motivo por el que me dispongo a escribir es por el mero hecho de transmitir mi sensación tras percibir la muerte de alguien que, como todos; tiene miedo a que llegue, pero que cuando la ve tan cerca, desea, no más, que su repentina y fugaz aparición. Y es esto lo que pude percibir, cuando, durante días, la agonía acompañaba a dicho ser querido, hasta que, de pronto, su fin decidió cogerla de la mano. Fue en ese preciso momento, cuando los recuerdos reflejaban, en silencio, en algunos casos, en aquellos a los que les dio la vida. Lágrimas incontrolables, de añoranza, pena y desasosiego humedecían el rostro de los presentes. Y como estrellas fugaces, en décimas de segundo, se precipitaban en la memoria miles de reminiscencias, que, aun habiendo despedido su vida, en los que se quedan; perdurarán hasta la eternidad. Además destaco -y perdonar si algo no se ha precipitado en mi memoría- cómo con lágrimas en los ojos, por la inquietante situación; sus seres queridos la miraban, acariciaban el cuerpo de su madre para darle su último adiós.
Por último, aquí destaco unos versos que tranmiten lo que se siente tras la muerte y visita a la nueva morada de dicho ser querido:
Mientras intento deshacerme de esa mirada profunda:
visito nuestra muralla.
Esa pared en la que un día, por miedo, te escondiste
y no te he vuelto a ver.
Hoy, de nuevo, no he podido olvidarte
dejar de pensar en tu huída,
pero, aunque la añoranza y el desasosiego
reine en mi ser; sé que en mi destino
también hay una MURALLA.
